Hace dos años que Helena recorre América Latina
Aprendí a despojarme de prejuicios

 

Helena Mañé durante la Feria del Regalo en la Plaza San Martín de Santa Rosa.

Viajar. Conocer. Aprender. La feria de regalos de la plaza San Martín del último fin de año sirvió, entre otras cosas, para conocer a una artesana española que disfruta de lo que hace mientras recorre cientos y cientos de kilómetros de América Latina, como puede pero sin quejarse de los inconvenientes que también aparecen.

Cuando armó su mochila con un par de remeras y jeans, y provista de unos dos mil euros, Helena Mañé pensó que sería suficiente para vacacionar un mes en Colombia. No imaginaba entonces que ese mes se convertiría en más de dos años, y que dibujaría en su hoja de ruta destinos insospechados.
Con 25 años, esta joven nacida en Barcelona, decidió que era tiempo de conocer América Latina. Sola, y con mucha valentía, cumplió el sueño de todo aventurero: recorrió miles de kilómetros, comió y durmió donde pudo, estrechó lazos con personas que le enseñaron cosas nuevas y aprendió a desprenderse de los bienes materiales. En su itinerario conoció Santa Rosa, donde armó su stand para la Feria del Regalo en Navidad, y compartió historias con quienes se acercaban a ver algunas de sus artesanías.
Enfermera de profesión, Helena adquirió otros conocimientos que le permitieron continuar su trayecto. Aros, collares, accesorios para el cabello y pequeñas carteras fueron el resultado de su aprendizaje. “Siempre me gustó viajar. Cada vez que podía me iba a recorrer nuevos lugares en Europa, también había estado en África pero quería conocer más”, comenta Helena. Y continúa: “Cuando acabé la carrera de enfermería trabajé dos años en Barcelona en terapia intensiva en la unidad de cardiología. Mi objetivo era juntar dinero para dedicarme a viajar. En el hospital conocí a una colombiana que me habló de su país y del peligro que allí había”.

Decisiones

Helena relató que fue precisamente la idea del peligro la que la motivó a aventurarse. “Tenía que comprobar por mí misma si era cierto lo que decían”, fundamenta. Fue así como armó su mochila y le informó a su familia que se iba por un mes. “Me dio un poco de miedo pero no tenía nada para perder, además se hizo más fácil por el hecho de no estar en pareja ni tener hijos. Sólo tenía mi trabajo y me pagaban más que bien pero sabía que eso no era todo, mi objetivo en la vida no era ganar dinero”.
Habían pasado dos semanas desde que estaba en Colombia y la idea de continuar estaba dando vueltas. Juntó coraje para hablar con su familia, aunque no fue suficiente para hacerlo por teléfono y decidió mandar un email donde les avisaba que no iba a regresar a España. La respuesta no se hizo esperar. Casi al instante sus padres la llamaron para convencerla de que volviera. “Me dijeron que estaba loca y mi mamá, que no era creyente, se puso a rezar para que desistiera”, recuerda entre risas.
Su decisión se afianzó cuando conoció a un colombiano del que se enamoró. “Estábamos en Tayrona, un parque natural de la costa del Caribe y decidimos viajar juntos. El me enseñó a hacer artesanías. Hasta ese momento no había tocado una aguja y no le di mucha importancia al principio. Recorrimos toda la región durante un año pero luego empezaron las diferencias y nos terminamos separando en Iquitos, la primera ciudad de Perú”, cuenta Helena.

Dificultades

Aunque durante el primer año dispuso de dinero, éste no tardó en desaparecer. “Entré en crisis, sabía que dependía de todo lo que pudiera vender. Tenía poca fe en mí misma y creía que no iba a poder salir de esa situación. Me las tuve que ingeniar para que la gente comprara mis artesanías. De a poco me empecé a motivar y a conocer más personas que me enseñaron otras cosas del oficio”. Estar en contacto con otros artesanos fue la entrada a un mundo que Helena prácticamente desconocía y en el que se sintió como en su casa.
En suelo peruano experimentó algunas dificultades. Haber nacido en España le cerró varias puertas y el recibimiento no fue el esperado, por lo cual al cabo de cinco meses decidió continuar viajando. Bolivia fue el siguiente destino, donde tuvo un breve romance con un muchacho que se dedicaba a la venta de artesanías y a hacer malabares.
Motivada por los comentarios sobre Argentina, no tardó mucho en hacer nuevamente su bolso y llegar a Buenos Aires. A pesar de que tenía parientes lejanos en nuestro país, desistió de la ayuda que le ofrecieron y se alojó en un hostel, donde le dieron albergue a cambio de que pintara el lugar.
El amor no tardó en aparecer nuevamente. “Conocí a un peruano que me ayudó muchísimo. ¡Parezco los marineros que tienen una novia en cada puerto!”, agrega divertida. “El me ayudó un montón a mejorar mis artesanías, a enseñarme las mejores ferias que había en Buenos Aires y Argentina, y fue él que me trajo hasta Santa Rosa”.

Planes futuros

Al concluir su breve estadía en Santa Rosa Helena se marchó hacia Las Grutas, con el firme propósito de conocer el sur del país. También tiene previsto regresar unos meses a Buenos Aires donde espera tomar un curso de capacitación en asistencia de partos. ¿Los siguientes destinos?: Brasil, Venezuela, Chile, México. Pero no se preocupa por eso, prefiere disfrutar el presente.
Son muchas las enseñanzas que le dejó la aventura emprendida. Y seguramente vendrán más. La solidaridad de la gente, la confianza, y el respeto por las diferencias con algunas de ellas. “Aprendí a compartir, a despojarme de los prejuicios, y abrir mi mente. Conocí gente muy buena que era capaz de compartir su humilde plato de comida conmigo, aunque al día siguiente no tuviera para comer. Las personas a veces piensan que no tienen escapatoria pero son ellas mismas las que se limitan. Siempre está la posibilidad de escoger las opciones para encontrar la propia felicidad”, concluye Helena, mientras se preparaba para su próximo viaje.

 


María Soledad García
Lic. en Comunicación Social

Nota publicada en la edición Nº 154 (febrero de 2012)